Esta tarde hemos tenido pelotera en casa, y de las gordas.
Nuestro hijo Arturo llegaba a casa depués de terminar su turno en la pizzería donde trabaja. Como es primero de mes, imaginé que habría cobrado y le pregunté por ello. Lo hago por la sencilla razón que desde hace un tiempo las cosas están difíciles, y todos hemos de echar una mano en casa. En cualquier otra situación podría hacer lo que quisiera (dentro de un orden, que esta es una familia muy decente) con lo que cobra, pero ahora…
Claro que a Arturo no le hacía la menor gracia, pero le preocupaba más parecer un egoista y un insolidario ante los demás, habida cuenta de que su hermana pequeña, Valentina, se había reducido la asignación semanal a sí misma, como fórmula de ayuda a la economía familiar.
Así que Arturo nos daba el 50% de lo que cobraba en la pizzería, con todo el dolor de su corazón. Pero el motivo de la bronca fueron unos vaqueros. Unos jeans a los que les tenía ganas desde hacía tiempo, que le sentaban como a un cristo tres pistolas, y que se había emperrado en comprar. Y como en el momento no tenía dinero, se lo presté hasta que cobrara para que pudiera “lucirlos” desde ya. Y hoy se lo he reclamado.
Y se ha montado la de San Quintín. Que si ya nos había dado la mitad de su sueldo, que si lo hacía todos los meses, que si nos pagaba el pantalón se quedaba sin nada, que además el pantalón no le quedaba bien y ninguna churry se fijaba en él… y yo que se lo hubiera pensado antes, que si le adelanto dinero es para que luego lo devuelva, que no confunda lo que aporta en casa con una bula papal…
Total, que después de media hora de gritos y recriminaciones se ha callado, ha respirado con calma y nos ha dicho que quería… independizarse. Exactamente, independizarse de nosotros, ha recalcado. Y si al principio nos ha dejado perplejos ante tamaña tontería (entendámonos, es mayor de edad pero ¿a dónde se va a ir, con la miseria que cobrabra, la precariedad de su seguridad laboral y lo imposible que estaba la vida?), después no s hadejado estupefactos cuando nos dice que lo va a hacer sin irse de casa.
Nuestro hijo se quería independizar en el sentido más separatista de la palabra. Nada más.
Lo primero que ha hecho es definir la geografía de su territorio. Para ello se ha anexionado el baño del pasillo a su cuarto. Defiende la propiedad por el histórico de uso (siempre ha sido su baño), y porque es el que se ha encargado de limpiarlo y mantenerlo desde la época de las cavernas. Debe ser que a Arturo se le ha olvidado la existencia de Fernanda, la asistenta, que esa sí que está en casa desde antes de las cavernas aún. Si no fuera por ella, hoy la caverna sería ese baño.
El segundo punto ha sido reafirmarse en su autonomía: podía perfectamente proveerse con lo que el “producía” en la pizzería. A fin de cuentas era la dieta ideal, pasta, queso, tomate, verduras, carne, pepinillos… ¿qué más se podía pedir? Además, su trabajo allí le garantizaba un sueldo a final de mes con el que podría adquirir todo aquello que le hicera falta. Al menos mientras le durase el trabajo.
El tercer punto habría que negociarlo. Obviamente necesitaba de una serie de infraestructuras de las que su nueva situación/estado no disponía: la electricidad, el agua, la calefacción, acceso a la cocina, la colada, la TDT… Para ello nos ofrecía un “pago” periódico, a modo de alquiler de dichos servicios, que consistía en el 50% de su sueldo. Es decir, que nos ofrecía lo mismo que ya nos daba antes por usar lo mismo que también usaba antes. Pero que si pedíamos más y abúsabamos de nuestra posición de poder, podría prescindir de todo ello y arreglarse compartiendo con sus amigos (Estados ya independizados, al parecer). Que si lo hacía era como gesto de buena voluntad y para demostrar su buen talante como nuevo “vecino”. Con un par.
Llegados a este punto, boquiabiertos por la nueva situación y temerosos de ejercer inconscientemente nuestra “posición de poder”, tratamos de inciar “diálogos diplomáticos”. Lo cierto es que desde hacía más de una hora sólo hablaba él. Lo habitual, vamos.
Le explicamos que su nueva situación no tenía mucho de nueva. Que casi era un concepto de denominación, de forma de referirse al estado de las cosas, porque dicho estado casi no había cambiado. Salvo porque ahora debíamos pedir permiso para entar en “su baño” (que siempre hemos llamado a la puerta, si estaba cerrada, antes de entrar). Que si quería podía administar su fuente de ingresos como quisiera, pero que de los gastos comunes tenía que participar de algún modo, vamos, como hasta ahora. Y que si necesitaba de financiación para la ropa o caprichos, que la tendría al 0% de interés. Como siempre.También le explicamos que pertenecer a la familia le brinda apoyo y seguridad, la certeza de no estar sólo ante las dificultades; que la suma de las partes era superior a cada una de ellas por separado… en fin, de todo un poco.
Como quien oye llover.
Ahora lleva dos semanas encerrado en su cuarto. Nos ha cerrado las fronteras. Todo porque no le hemos dejado bajar a la piscina. Y mira que se lo hemos explicado:
Arturo, hijo, que ya no puedes. Que al separarte, al independizarte, pierdes los derechos comunitarios ya que no pagas por ellos y no te los has ganado. Te recuerdo que nosotros pagamos los gastos de la comunidad, y que tardamos 10 años en empezar a comprar el piso y poder tomar decisiones en ella. Por eso, tú como “miembro independiente” no tienes derecho ni a la piscina, ni a las pistas de pádel, ni a las zonas verdes…
Siempre hamos tenido la ilusión de que algún día nuestros hijos se independizaran, se valieran por sí mismos para abandonar el hogar y empezar una vida independiente en su propia casa. Pero como ya he dicho, ABANDONANDO el hogar y en SU PROPIA casa, no así.
Ahora Arturo mira por la ventana, ofuscado, pensando cómo va a sacar la basura que se amontona en su cuarto, y en volver a la pizzería en su moto aparcada en la calle a pleno solazo.
Y es que el garaje también es comunitario.
Podéis ir en paz.